“No sólo de pan vive el hombre…” MATEO 4:4
Pablo es un científico, por lo tanto rechaza terminantemente el dogma, el mito, la superchería. Sólo acepta (¿o aceptaba?) lo que admite una explicación racional. Acaso por ello, el extraño suceso que experimentó en carne propia lo impresionó aún más de lo que hubiera sucedido con un hombre de fe…
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El frecuente dolor de vientre, la pérdida de apetito, y de peso, las constantes ansias de vómito le hicieron entender a Pablo que algo grave le estaba pasando. Fue a la institución de medicina social que le correspondía y luego a la otra. Recurrió a hospitales privados en Ciudad Obregón y Hermosillo. Después de ánalisis y modernas radiografías y estudios clínicos no quedó lugar a dudas: padecía un cáncer terminal en el hígado. Sus días estaban contados. Ya tanto había bajado de peso que parecía un cadáver que respiraba.
Decidió internarse en el Hospital General del Estado, para recibir al menos las últimas atenciones que le permitieran morir con cierta dignidad. Su esposa, por las tardes, luego de salir del trabajo, viajaba a Hermosillo y lo acompañaba hasta muy noche en que regresabaal puerto.
Allí un médico decidió hacerle una biopsia sólo para comprobar el avance del mal.
En esas estaba Pablo, esperando turno para la operación cuando un sábado, llegó a su cama de moribundo un hombre joven, alto, pelo largo y tan rubio que parecía dorado, sus ojos eran intensamente azules.
— ¿Quieres que ore por tí? -le preguntó el muchacho- Pablo no volteó siquiera a verlo. Murmuró entre dientes:
— ¡Ni moribundo uno escapa de los fraudeadores…!
El desconocido, sin embargo, oró; lo supó por el movimiento de sus labios y porque pasaba sus manos, sin tocarlo, por su cuerpo de pies a cabeza.
Pablo sintió entonces, alarmado, que en su interior ardía; que un gran incendio consumía su cuerpo enfermo. Luego aquel gran calor pareció concentrarse en su estómago y salir como vómito por su boca. Sudaba intensamente.
— ¿Vas a venir el próximo sábado? -preguntó Pablo al joven, mirándolo ya con respeto-
— El próximo sábado tú ya no estarás aquí. -repuso-
— ¿Habré muerto…? -insistió el enfermo-
— ¡No, ya estarás curado…! -le repuso mientras se alejaba-
Lo cierto es que desde aquel momento, Pablo sintió que una gran fuerza regresaba a su cuerpo, y le acometía un apetito voraz pero ya sin náuseas.
Practicada que le fue la biopsia, el médico, absolutamente desconcertado, tuvo que diagnosticar que el paciente estaba sano por completo y sin seña alguna del mortal mal que le acometía.
Concurrió enseguida a todos los médicos que antes habían diagnosticado su cáncer y todos, extrañados, tuvieron que reconocer que Pablo estaba sano por completo.
Buscó entonces al muchacho que había orado por él en el hospital y nunca más lo vio; ni siquiera encontró encontró a alguien que le diera razón de él, como si todo aquello hubiera sido un simple sueño…
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Pasaron los meses y el desconocido del hospital se convirtió en una verdadera obsesión en el ánimo de Pablo. Todavía más: éste, en algún momento llegó a la conclusión firme que antes de aquel día ya lo había conocido… ¿pero dónde…?
Al fin, casi institivamente, fue al baúl donde guardó algunas cosas de su madre cuando ésta murió. Encontró aquel hermoso cuadro de los ángeles a los que ella oraba y encendía velas.
Con los cabellos erizados, Pablo vio, entre los ángeles de la estampa, al joven del hospital; no había la menor duda: era él…
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(Pablo vive aún en Guaymas donde ejerce su carrera. Como científico rechaza el dogma, el mito, la superchería; pero ahora sabe que, en los momentos más dramáticos de la vida de los hombres, se mueven fuerzas muy superiores en favor de ellos… ¡a él, también, como a muchos, le consta…!)
(-eusebioosuna)