Leyendas urbanas

Por: Fernando Villa Escárciga
A la entrada de los cementerios, en la antigüedad, quimeras de grotesca figura alertaban a los confusos caminantes sobre los funestos peligros de la noche. Esas y muchas otras son parte de las leyendas provocantes de temores y suspicacias que confunden a la razón cuando tienen poco de verdad.
Pero hay otras historias, cuentos oscuros o hechos que se ocultaron en su tiempo pero que mucho dolor dejaron a sus víctimas cuando las hubo. También hay leyendas urbanas, esas que en las ciudades perduran en la memoria por lo grotesco de los detalles.
Séase pues, va una de ellas…
Al amanecer de un día de tantos, a principios de los años setentas, un hecho sangriento sacudió la conciencia colectiva de los guaymenses. Quizá recuerde usted aquel cine Tropical a un lado del bulevar Pedro G. Moreno.
El Tropical era famoso por lo popular de sus películas, muchas de ellas protagonizadas por verdaderos “héroes” que marcaron a varias generaciones. Olvídese de los actuales figurines atiborrados de anabólicos y maquillaje hasta parecer andróginos o esperpento ajotados.
Antes daban cátedra de ingenio y valor personajes como El Látigo Negro, El Charro de las Calaveras, Pepe el Toro o algún símil protagonizado por algún actorazo con pinta de totonaca. Ni qué decir de El Santo contra las mujeres vampiro o algún pistolero diestro y siniestro con la fusca como Rodolfo de Anda, Antonio Aguilar o Fernando Casanova.
Eso era el Tropical, cuyas funciones a veces eran vistas de gorra por algún plebe tilico de la San Vicente que con torcido relleno de parrales entre dientes se trepaba a un enorme yucateco.
El cine, pues, era referencia de alegría y cultura para mucha gente del puerto. Pura raza proletaria, piel de bronce en verano y cenizos en invierno.
Pero una tragedia tornó esa referencia en estupor para los vecinos del área, sobre todo para quienes vieron de cerca una dantesca imagen. Un día amaneció un niño muerto tirado sobre la tierra y con evidentes huellas de violencia, el rostro semidestrozado por una piedra que le estrellaron en el rostro.
A menos de un metro de la criatura dejaron tirado un cigarrillo de mariguana, como si los autores de tan vil acción hubiesen sido enyerbados drogadictos. Por supuesto, las versiones corrieron de boca en boca y la comunidad condenó tan terribles hechos.
Los periódicos de la época cronicaron el suceso con las debidas frases de indignación. Que se sepa, pocos medios exigieron una investigación a fondo y castigo a los verdaderos culpables. Todo quedó en una simple condena para los “mariguanos asesinos”.
Como la verdad nunca se supo, surgieron muchas versiones condimentadas de imaginería popular. Pero dicen que hubo alguien que vio casi todo desde el principio. Se trataba de un hombre entrado en años que salió al porche de su casa para tomarse un café endulzado de nostalgias.
Cuentan que el señor vivía a un lado del cementerio San Fernando, hoy también conocido como el panteón viejo. Las cavilaciones del amigo habríanse interrumpido cuando la noche escupió un sordo golpe acompañado por un terrible grito de dolor.
Era el grito de un niño que quedó tirado entre el tierrero que dejó un lujoso vehículo. El carro, dice la leyenda, era conducido por el funcionario municipal de más alta jerarquía en aquel trienio.
En su huida, el autor del accidente dejó a la criatura muerta o en plena agonía. Para el caso es lo mismo.
Pero había que borrar la “evidencia” y, por supuesto, desviar las especulaciones hacia idóneos chivos expiatorios. Era necesario encargar el trabajo sucio a algún sujeto confiable por sumiso y disponible por arribista.
“¡Mi tocayo!”, pensó el edil en remembranza de un entonces escuálido agente de Tránsito.
Y sí –dice la negra leyenda urbana-, al recibir las instrucciones el agente se apersonó en el lugar y depósito el cuerpo del chiquillo en la cajuela de una camioneta pick up.
Luego pasó a tirarlo a espaldas de El Tropical. Todo fue al amparo de la noche. La oscuridad arropa en complicidad muchos actos criminales.
Al día siguiente el pequeño cadáver fue descubierto con el rostro casi destrozado.
Fue un artero golpe con la intención de hacerlo parecer como herida mortal. Que nunca se pensara que fue un atropellamiento. El cigarro de mariguana sería una evidencia “inobjetable”: los asesinos, claro, habrían sido unos malandros enloquecidos por la droga.
Que nunca nadie imaginara que el homicida habría sido un funcionario municipal. Muchos menos alguien harto conocido, el más conocido tal vez.
De aquellos tres protagonistas sólo uno sobrevive.
Y sobrevive quizá con la conciencia atosigada por pesadillas que le recuerdan su despreciable complicidad en un infanticidio.
De tener algo de cierto esa leyenda, qué bajo ha de sentirse el tipo a pesar de su altura corporal.
Cierto que todas las personas, humanos al fin, estamos expuestas a cometer errores y algún día rendiremos cuentas a quien dicen todo lo perdona.
Pero hay delitos o pecados imperdonables, tan asquerosos que ni una Misa logra la redención.
En fin, esto apenas podría ser una leyenda. Una de muchas que se podrían escribir…
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13 comentarios

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13 Respuestas a “Leyendas urbanas

  1. juarioso

    ese cuento me lo contaba mi abue (la chivera)…

    cuando no keria dormir, o andaba ya muy noche de pata de perro en la calle… jejejeje… pero hay historias mas macabras que si dan meyo… y que pasan de generacion en generacion… jijijijii… podria decirse que las leyendas urbanas las cuentan de kienes la cuentan… y eso es muy respetable..

    habia una vez, un municipe que con su ideas guarras, y macabras deseaba con toda desesperacion crear de un puerto de pescadores … un puerto turistico chingon.. contaba con varios villanos que amasaban grandes fortunas.

    ese dia tan aciago… el municipe puso su macabro plan en funcion y cual fue su sorpresa!!!, se estaba quedando corto con sus inversiones.. vino una crisis economica mundial.. que hecharia por tierra todo lo que queria hacer… pero como siempre sucede en ese puerto, su gente, su pueblo agachon y palero.. apoyo con todo al municipe ladron.

    pasaron tres años de sueños incumplidos, tres años de mentiras, tres años de meter su patota…
    ahora en ese tiempo … la gente ya no confia en los politicos ratas y el 2009 los va mandar a chingar a su mamacita querida.

  2. Borrego

    Será capaz de esas Marranadas el Jefe Villa???

    Yo pense que sus máximos pecados era recibir lanita de los narcomenudistas, espero que en verdad sea solo una leyenda urbana.

  3. corsario

    Que cabron lo que sugiere Fernando Villa en este “cuento”.

    Digo, porque queda claro que afirma (sin afirmar) una cuestión que provocaría, minimo, la renuncia del jefe de la policia en cualquier lugar civilizado.

    Pero como estamos en Guaymas, pues nomas no pasa nada.

  4. gaviota

    pues la verdad esta cabron, de ser así, pues con razon sigue vigente el hombre… que opinará acerca de lo que se dice… ademas por algo estan en esos lugares… que feo caso… el que haya sido, que feo!!! y los que estan involucrados tambien… horror…

  5. reto

    este es un verdadera leyenda urbana que debe ser tomada con seriedad, se la llevan con puros mitotes de lavadero cuando tienen verdaderos casos para darles seguimiento.

  6. Pues yo creo que está muy pasado de lanza eso de que hagan eso con la vida de un ser humano, yo lo leí en la revista impresa, no en la red y cuando lo leía me daba la impresión de que hablaban del Villa.

    Pero sabe, que culeradas.

  7. El Pueblo

    Pues ojalá que Villa incluya este mitote en el reporte que a diario le pasa al Vigía y a la centavera reportera, sí quiere hablar mucho este viejo pelón, tendrá que pasar más datos para que le hagan un reportaje de tan aberrante acto en donde le mandan una cartita por nefasto y mentiroso.

  8. Sacalapistolas

    Pinche Villa que ojete… al bote por complice.

  9. el shuy

    Ahora caemos en cuenta el por que nada le asusta y todo se le hace normal cuando se cometen delitos o hechos horrendos en guaymas, como cuando roban, violan o matan, el señor dice que no pasa nada que solo son hechos aislados.

  10. el villa

    esta es una de tantas que tengo en mi cardex,je,je,je,je…..soy el jefe.

  11. eusebioosuna40

    ¡Así es como se debe escribir…chingaó…!

  12. Maria Teresa

    hoy comprendo porque cuando hay asesinatos de jovencitos en manos de pandilleros como el del pasado carnaval ni le duele ni le acongoja, tiene negra el alma.

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